miércoles, 11 de marzo de 2009

Yo-Yo

Al llegar a casa y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme...

Ir tras de mí no me resultó difícil debido a que mi forma de caminar siempre fue muy lenta; aunque, bien pensado, si fuera algo más rápido podría haberme seguido a un ritmo más rápido.
Mientras caminaba calle arriba comencé a replantearme si aquel tipo tan parecido a mí, era yo realmente. Compréndeme, yo estaba hecho un lío y todo eso me sonaba a locura. Tenía que haber una explicación racional para ello. Tal vez se tratara del típico caso de un hermano gemelo, separado al nacer y llevado a un país lejano. Había escuchado historias parecidas de los tiempos de la guerra civil. Puede ser: mi hermano ha descubierto sus orígenes y me ha rastreado hasta aquí. O igual quien fue llevado lejos fui yo... Esto es un lío. Pero mira eso, no me había fijado en que yo iba llevando un maletín oscuro. Eso fue bastante tranquilizador, porque yo nunca uso maletines, mochilas ni bolsos; sin embargo, tampoco no me parecía una prueba ni mucho menos definitiva de que aquel yo, no era yo realmente.

Ya lo sé, pensaba, ¿y si me adelanto un poco y me hablo? Eso me dio miedo, como si el hacerlo pudiera ser similar a poner la palabra "google" en google... dicen que si lo haces, internet se destruye. ¿qué me pasaría a mi? ¿colapsaría mi universo? ¿sería mi fin? no, no, no, es demasiado riesgo.

Se me ocurrió algo más sutil: mientras continuaba la persecución, saqué el móvil y marqué mi número. No ocurrió nada.
Seré estúpido, pensé; uno no puede llamarse a si mismo; tal vez si le llamo a Marcos y le pido que me llame, entonces pueda... pero no, con lo que es Marcos, seguro que me pide mil explicaciones que no podría darle...pensará que estoy loco. ¿Y si realmente lo estoy?

Mientras me perdía en ideas absurdas sobre como resolver el problema que mi curiosidad me planteaba y mi cobardía me impedía resolver, vi como me paraba frente a Portobello, la pequeña tienda de arte donde trabaja Blanca.
Di un pequeño rodeo por el otro lado de la calle para ir a colocarme justo detrás de mi mismo. Ahora parecía absorto, paralizado frente al escaparate como si hubiera caído víctima del mal de Stendal.
El vidrio extremadamente limpio, gracias a la potente luz del mediodía, proyectaba como un espejo las baldosas oscuras de la calle, los pequeños árboles, las presurosas gentes que cruzaban en ese momento y mi figura estática, dándome la espalda.
Poco a poco, fui aproximándome a mi mismo hasta que, por fin, ya no me vi.

6 comentarios:

Sara M. dijo...

yo-tú-yo

Neo dijo...

oy-tú =)

Sara M. dijo...

no, mejor, tú-yo-tú

Sara M. dijo...

oy?, oy no

Gata Vagabunda dijo...

Un experimento curioso: mirarse fijamente a los ojos en un espejo durante un rato muy largo.

Yo creo que al cabo de pocos minutos ya eres capaz de creerte perfectamente que la imagen de enfrente es de otro.

En serio.

Neo dijo...

Vaya pedazo de suspensión de incredulidad y de personalidad! jajaja

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